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Columna en EL TIEMPO. Elogio mínimo de la empanada.




La multa que un agente de la policía le impuso al estudiante universitario Stiven Claros Habos por haber comprado en la calle una empanada ha servido para que la gente invente memes sobre un hecho que no tiene otra connotación distinta que demostrar cómo en Colombia la ley peca por excesos. Sírvanos este incidente como pretexto para hablar un poco sobre este producto típico de la gastronomía criolla, que se encuentra a la venta en cualquier esquina y ha servido no solo para calmar el hambre de quienes no tienen con qué comprar un almuerzo, sino para recoger fondos con destino a la construcción de iglesias, y para el sostenimiento de familias de escasos recursos económicos. La gente ve en la venta de empanadas la forma de ganarse unos pesos.


La empanada es una masa de maíz rellena con un guiso hecho de papa, carne, tomate y cebolla, que desde tiempos pretéritos ha sido una delicia para el paladar. Después de que se saca de la paila donde se frita, coge un color amarillo oscuro. A veces sale crocante, con ribetes dorados. Calienticas son sabrosas. No es un alimento solo para pobres, como muchos tratan de decir. En las familias con dinero las tienen como exquisito manjar para acompañar el algo cuando las señoras se reúnen a jugar parqués, dominó o cartas. No hay rincón del país donde no se exhiban en una vitrina o sobre una mesa en el portón de una casa. Y en todas partes la gente, sin diferencia de estratos sociales, la come con gusto. No es sino ver cómo en las cafeterías las piden para acompañar un café con leche.


En un elogio que sobre la empanada hizo en ‘El Colombiano’, hace cinco años, el cronista Alberto Salcedo Ramos dijo que es un alimento generoso, que “llega a las manos del indigente, al regazo de la vendedora ambulante, a la fiambrera del albañil, al banquete del empresario, al plato del sibarita y al mantel del gobernante”. Escribió que para los ricos tiene el mismo gusto del salmón en ajillo y para los pobres, el del guarapo de panela. Yo agregaría que sirve para acompañar el desayuno cuando no hay arepas, el almuerzo cuando se acaba la carne, la comida si no hay huevos. Y hasta para acompañar lo que en otros tiempos se llamó la merienda, que en la cultura paisa no era otra cosa que una taza caliente de chocolate que se tomaba antes de irnos a dormir. No en todas partes