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Campesinos caldenses


Recolectores de café. Oleo sobre madera 60*43 cm, autor: Alipio Jaramillo Giraldo. Libro quinta Galería, 1998. Banco de la República



Fue en el gobierno del conservador Guillermo León Valencia (1962-1966), que se expidió el Decreto 135 de 1965, en virtud del cual se tomó la decisión de destinar el segundo domingo de junio de cada año para celebrar el día del campesino, en todos los municipios de Colombia.

Varias curiosidades enmarcan esta celebración: la fecha estuvo inspirada en el fallecimiento del papa Juan XXIII (3 de junio de 1963), cuyos padres eran campesinos; dicho decreto fue firmado por el entonces ministro de Gobierno, el manizaleño Alberto Mendoza Hoyos, de quien Otto Morales Benítez dijo que era un hombre con mandato de jerarquía humana e intelectual.


En suma, el día del Campesino en Colombia es el día de Juan XXIII. Pero más allá de la celebración, el artículo 2º de dicho decreto ordena perentoriamente que “corresponderá al Alcalde de cada Municipio, con la colaboración de los funcionarios oficiales y de los institutos vinculados al fomento agrícola, ganadero y forestal, la elaboración de programas especiales para exaltar los méritos y la laboriosidad de las personas dedicadas a las labores agrícolas o ganaderas en la respectiva jurisdicción”. Es claro que se trata de una mera salutación, que se ve reflejada en el olvido histórico de tan importante personaje.

Mucho antes, el también olvidado pintor y muralista manizaleño Alipio Jaramillo Giraldo, había realizado en 1957 una hermosa obra en temple sobre tela denominada “Campesinos caldenses” que hace parte de las colecciones de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Su sensibilidad hacia la problemática social y campesina era entendible, pues había nacido bajo el manto de doña Zoila Rosa Giraldo y don Manuel Jaramillo en la casa “La Navarra” de la vereda La Linda de Manizales. 

El país ha sido absolutamente injusto y desconsiderado con los campesinos. A pesar de las matanzas, el desplazamiento forzado y la violencia rural, no han merecido una reforma rural que les permita el acceso a la tierra en condiciones dignas; como en la canción “El Campesino Embejucao” la ausencia de Estado, los ha hecho víctimas de la violencia; las carreteras terciarias del país siguen siendo las mismas de las épocas de la colonización y son las que justifican que las chivas, los carpatis y los willys sigan rodando.

No son ignorantes, los hemos llevado a la pobreza, que es distinto; saben cuánto les cuesta producir, pero no saben a como les comprarán; no en vano, antes que el caldo maggi, la nevera, el champú y el pegastick, se inventaron el calambombo, la carne oriada, el jabón de tierra y el engrudo. A diferencia de quienes vivimos en las capitales, se levantan a las 4 o 5, ordeñan, cargan madera, aplican inyecciones, hacen pozos sépticos, se chilinguean en los carros, no usan cochecitos para bebes, son creativos y no se quejan, se saben jijuemil remedios caseros, nos garantizan la comida, o sea nuestra existencia, no usan Facebook ni Instagram, no son marquilleros, no les interesa la vanidad. Pero en medio de tantas bondades, si es lamentable que hubiese desaparecido el periódico “El Campesino” (circuló entre 1958 y 1990), a pesar de que hoy se ofrece de manera virtual (elcampesino.co). Y eso sí, como las Aves Cantoras, ah buenos pa escuchar guasca y carrilera, de la buena, no toman whisky pero saben la alegría que comporta un aguardiente o una cervecita bien fría, pues todo mundo sabe que como las fiestas de pueblo no hay dos. A pesar de que el Estado, los medios, las empresas, los ciudadanos y los políticos los han olvidado siempre, los he recordado y por eso les tengo un altar al pie de San Isidro Labrador. 



Francisco Javier González Sánchez

Publicado en el Diario local la patria

OPINIÓN | 28 DE JUNIO DE 2019


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Corporación PiedraManí

Manizales, Colombia

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