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Parte 2: La ópera, un lenguaje universal.





Regresé de Murano a Venecia luego de un merecido almuerzo de pastelería italiana, una pizza y una coca cola zero; amo los pequeños pastelillos hojaldrados y dulces, luego descubrí años después las famosas facturas argentinas, sus descendientes más cercanas. Almorzar sentado en un pequeño kiosko contra el mar, viendo sus suaves olas y su tenue sol decayendo, un ocaso bello, disfrutando los sabores salados y dulces en mi boca, como una expresión de libertad y serenidad.

Foto propia. Murano Italia.





Así pues me encontraba de vuelta en la plaza de San Marcos y sobre un costado de la ella vi un letrero que decía “opera”, mi corazon empezó a latir rápidamente, mi boca se secó, mis pupilas se dilataron, era una droga visual para mi cuerpo.


Me acerqué ansioso y pregunté su precio, ¡65 euros!, dije nooooo es mucho dinero, no puedo pagar todo eso, mi hotel costaba 11 euros la noche



Foto propia en Burano


Pedí el folleto y me fui con la cabeza en una guerra apocalíptica. Vi que ofrecían dos óperas, las cuatro estaciones de Guiseppe Verdi y Rigoletto también de Verdi, mi corazón estalló de emoción, Rigoletto es mi ópera favorita, me sabía los actos y la podía cantar… 65 euros nhaaaa… eso no es dinero para ver a Rigoletto, compré la entrada y mi corazon sentía un leve y profundo latir de felicidad.


La ópera era a las 7 pm y eran las 4 pm, el sol se ocultaba antes de las 5 pm y mi ropa tropical era mi peor enemigo. Fuí a buscar el teatro, lo encontré, me aprendí el camino pues mi celular moriría en cualquier momento, hice un mapa en lápiz y papel y solo ahí me sentí tranquilo para ir a comer.

Pasta carbonara y una copa de vino, por favor!, le pedí al mesero, entré a un buen restaurante con la firme intención de quedarme ahí las dos horas que faltaban, esperando en un lugar cálido alejado de los vientos otoñales del exterior.

Para mi sorpresa devore mi plato en 15 minutos, el hambre me atacaba y haber almorzado pastelitos dulces no era lo más adecuado si quería haber llenado mi estómago por horas. ¡otra copa de vino por favor!, no fueron más de 15 minutos nuevamente, el tiempo pasaba lento y la ansiedad como buena amiga de la teoría de la relatividad hacía que para mí el tiempo fuera como para atrás, una escena digna de Interestelar, Tenet o cualquier película de Nolan.


Decidí pues salir a caminar, no eran ni las 6 pm, y sin celular ya no podía saber la hora, como una alegoría a medianoche en Paris de Woody Allen, yo deambulaba por Venecia en medio de neblina y luces opacas, como un viajero en el tiempo, un alma en pena recorriendo calles empedradas, puentes sobre canales, callejones oscuros y alguno sin salida, así pues, luego de un par de expresos para el frío decidí ir hacia el teatro.

No sabía qué hora era y mi ansiedad como ya lo describí jugaba con mi percepción del tiempo; cuando llegué al teatro había una señora alta, rubia, blanca, y muy delgada, unos 68 años tenía, y junto a ella su nieta, quizás entre 9 y 11 años, rubia, delgada, muy parecida a su abuela.

Le pregunté si esta era la fila para la ópera, a lo cual me respondió con una gran sonrisa que esperaba que sí, yo también me reí y le pregunté por la hora y aún faltaba media hora para las 7 pm.

La señora era de Bélgica, pero hablaba bien inglés, mi inglés me permitía tener conversaciones básicas, pero esa noche me sentí la persona más bilingüe del planeta, incluso mucho más que cuando conocí a mi mejor amiga en Florencia, historia que luego contaré.

La pequeña solo hablaba francés y me miraba con sorpresa y extrañeza, pues no debía estar acostumbrada a una cara como la mía, de rasgos árabes, indígenas, latinos, pero poco a poco su cara fué cambiando y dejó de esconderse detrás de su abuela y participaba de la conversación con caras, risas y alegrías a pesar de no saber inglés.

De este modo fluyó la conversación entre los tres y un tema en común, las óperas de Verdi. Yo le contaba que tenía tocadiscos y LP´s de Verdi y que mis hermanas me miraban como “estás loco” cuando colocaba esta música en mi casa, se reía, y entendía completamente mi situación pues a ella le pasaba igual, su nieta le pedía traducción, ellas hablaban en francés, la niña replicaba y su abuela me traducía lo que la niña decía: “es verdad mi abuela también está loca, pero amo eso de ella y su extraña música”.

Así se pasó pues nuestra media hora hablando de como dos extraños a miles de kilómetros de distancia, a muchos años de experiencia que los separaba, podrían cruzarse y unirse por un gusto en común en una de las capitales culturales del mundo.


La abuela me preguntó cuál era mi acto favorito de Rigoletto, a lo que contesté sin dudar, La donna è mobile, y ambos comenzamos a cantar al tiempo, mi voz torpe y ruidosa, gangosa y desafinada… ella toda una experta, sin esforzarse sacó una hermosa afinación, nos reímos los tres, la pequeña disfrutaba también el momento, le pregunté si ella era soprano y me contestó que en su juventud tomó clases y cantaba en una pequeña ópera de su pueblo; mi corazon se llenó de agradecimiento, y la risa se convirtió en una pequeña lagrima de felicidad, ella lo noto y también le salió una lagrima, la niña le pregunto porque lloraba, y la abuela le contestó la única frase en francés que no necesite traducción y que entendí desde el corazón: “ son lágrimas de felicidad”... te amo abuela, replicó la niña.

Entre nosotros había una gran conexión, nos conocíamos de antes, habíamos vistos esos ojos andantes y antes de poder entenderlo, las entradas se abrieron y la vida nos separó, ella iría a VIP, yo a general y sin saberlo, nuevamente al tiempo salió un gracias sincero de la boca de los dos.


Para el universo el tiempo es relativo, para el universo el amor es atemporal, estaba seguro de conocerla, estaba seguro de saber quién era ella, estaba seguro de haber compartido en otra vida con ella, su olor aún divaga por mi memoria, su voz resuena en mis oídos y sus ojos aún iluminan mi camino.


Así termina una historia de cómo me reencontré con un amor de otra vida y como nuestra memoria inconsciente nos regaló una eternidad de treinta minutos para volvernos a reencontrar.

Nunca más la volví a ver, ni siquiera dentro del teatro, juraría que se esfumó, se desapareció, quizás nunca existió de verdad (o por último se convirtió en la chica protagonista de la tercera parte).

Lo único que sé, es que la ópera es un lenguaje universal.


Luiskgg.

Septiembre 17 de 2021


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